El 24 de diciembre de 2037, Estocolmo se convierte en un cúmulo a causa de la demostración de poderes de un adolescente.
A partir de este descubrimiento, se especula sobre la existencia de otros seres capaces de hacer lo mismo o tal vez peor, y empieza una caza o búsqueda, con una intención poco clara, pero con ningún fin demasiado bueno para aquellos especiales.
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Holocaust-2007-08

Desde que había llegado no tenía nada que hacer, o no me dejaban hacer nada, o era incapaz de hacer algo. Tal vez de todo un poco, pero el resultado era el mismo; me pasaba el día dando vueltas de aquí para allí, a veces buscando comida, otras buscando al perro que estaba con Adrien y que había decidido marcharse justo aparecer yo, y otras simplemente sentado en el suelo, descansando.
La idea de ir a Estocolmo me había parecido de lo mejor el día en que cruzó mi cabeza, pero ya no me parecía tan buena. La inactividad era un virus peligroso, y o hacía algo o terminaría tirándome por el primer precipicio que se cruzara en mi vida para ver como mis piernas se ponían en el sitio solas.
Si en algo me había servido, pero, era para no pensar en lo que había dejado atrás. No tan sólo había logrado pensar menos en mi amor frustrado, sino que apenas la recordaba. Ni siquiera el hecho de haberme llamado monstruo me afectaba, cuando lograba recordarlo.
En realidad todo empezaba a parecerme una tontería.
Decidí que podía vivir sabiendo que mi vida se había limitado a vagar de aquí para allí, encontrándome con gente a la cual parecía no gustarle mucho mi gorro, o mi yo en general, y nada más. Podía vivir, desde luego, no necesitaba una vida más excitante que esa.

* * *

Mi teoría que a medida que pasasen los días la situación se iría normalizando era medianamente cierta, y mi otra teoría que a medida que pasasen los días se iría juntando gente más rara alrededor, también. Aun así, por muy raro que me pareciera, mi gorro fucsia les parecía la cosa más extravagante vista hasta entonces.

Eso también me daba igual.

Después de días de exploración, me conocía el terreno al dedillo. Sabía donde había más gente y donde menos, donde estaban los que guardaban la entrada a Estocolmo y donde se iban a descansar, donde estaban ciertos árboles con ciertos frutos, el lugar donde sólo podría encontrar musgo, o el mejor lugar para descansar sin que me interrumpieran el ruido de la gente o de los coches. El único problema era el frío, aunque eso se solucionaba encasquetándome el gorro fucsia hasta las cejas.
Me dirigía hacia ahí cuando noté el primer temblor, seguido de otro más intenso y otro más, al cual sobreviví poniéndome de cuatro patas. Levanté la vista al cielo y observé como se alejaban unas cuantas aves, dejando caer algunas plumas tras de si.
Cuando me levanté y me limpié las manos con un par de palmadas, parecía increíble que hubiera existido ese temblor, pero puesto que ni iba bebido ni drogado de ninguna otra manera, no podía habérmelo imaginado.
Miré a un lado y a otro, como esperando ver la causa de todo aquello, pero no era ahí donde estaba. Eché un ojo a mi espalda y volví a mirar hacia delante, donde había unos cuantos arbustos maltrechos y cuatro árboles que se morían por segundos.
Y un conejo.
Me miraba desde el suelo, con las dos patas delanteras adelantadas y moviendo la cabeza de arriba abajo. Parecía que olfateara el terreno, o tal vez me olfateaba a mí. No tenía ni la más remota idea, pues la única vez que había visto un conejo había sido en el plato, y era en ese preciso momento que comprobaba que su escasa expresión era la misma, muertos o vivos.

- Los animales salen corriendo al menor temblor.- le seguí mirando, pensativo.- ¿No tienes instinto de supervivencia?

Como era lógico, no me respondió, sólo movió la nariz arriba y abajo y giró un poco una oreja. Dio un pequeño salto impulsado por sus enormes pies traseros y me miró. O no. O tal vez sí. Tampoco lo sabía. Tenía un ojo a cada lado de la cabeza, si me miraba de frente, ¿me estaba viendo?

- “Creo que no ha sido un terremoto natural.

Di un pequeño respingo y me giré. Ahí no había nadie. Ni ahí, ni al lado, ni al otro lado ni al frente. Nada.

- “¿Me oyes? ¿No deberías hacer algo al respecto?- Volví a mirar a lado y lado, más rápido.- ”Lo haría yo mismo, pero no puedo.”

Tragué saliva y miré al bicho peludo que tenía delante. Estaba sentado, con las patas delanteras muy juntas y moviendo la nariz de vez en cuando; recto, todo lo majestuoso que podía ser un conejo, y con las orejas completamente levantadas. Si alguien no podía hacer algo al respecto, ese era un conejo. O eso o el hombre invisible, y conociéndome a mi mismo, creía en los hombres invisibles tanto como en la existencia de la humanidad.

- ¿Dónde…?
- “Aquí
- Aquí, dónde.
- “Delante de tu nariz”- fruncí el ceño sin dejar de mirarle.
- Los conejos no hablan.
Los animales salen corriendo al menor temblor, los conejos no hablan.” Oía la clara imitación de mi voz en mi oído, o en mi cabeza, más bien. “¿Acaso eres un maldito conejo para saberlo?

Volví a agacharme, le miré de cerca y le cogí con las dos manos, dejándole colgando los pies. Me levanté y me lo puse a escasos centímetros de la nariz; De pronto parecía un poco fastidiado.
Tal vez sí tenían expresión, al fin y al cabo.

3:14 a.m. - 2008-03-10

*** ***

El ambiente estaba lleno de polvo: los muebles, el material quirúrgico utilizado, la gente, los cristales de las ventanas, los improvisados cubículos, los helicópteros. Era como si los desperdicios se tragasen poco a poco las instalaciones con celosía. Evidentemente nadie se preocupaba por limpiarlo o recogerlo, o por evitar que el polvo volviese a posarse sobre todo y todos, los campamentos militares siempre habían tenido cierto aire a cuchitril estudiantil, y olor a anestesia. Al menos era así en los que había estado.

Me limité a seguirle mientras pensaba en el polvo. Jerárquicamente colocados –cosas dl protocolo-, él delante, un general a su derecha (que estaba a punto de agacharse y lamerle el culo), yo a su izquierda. Los demás, detrás. Un molesto teniente coronel me clavaba los ojos en la nuca y en el culo, aleatoriamente, probablemente preguntándose porque una secretaria con un PDA en el bolsillo estaba a la izquierda de Aleksander Orłowski y no él. No me molesté en contestar a su muda pregunta, pero tropezó varias veces con los cordones de sus botas. Ocho veces. Serpenteé con él, al ritmo de sus pasos, guiados por la nada, por ese instinto innato que el señor Orłowski poseía, el mismo que lo convertía en un gran líder, en un inteligente estratega, en alguien del que más te vale ser amiga. Atravesamos pasillos formados por habitaciones modulares, Stencil en todas las puertas, el encanto militar americano se había adueñado del europeo. Los viejos días en bunkers subterráneos, hechos de chatarra oscura y pintura con alto contenido en plomo, se habían perdido. Bienvenidos a la era espacial. Incluso había bonitos sensores en algunas puertas para que pasaras tu tarjeta ¡Y expendedores de chocolatinas! Adiós al encanto soviético. Un pequeño sensor del PDA brilló intermitentemente y la realidad volvió a golpearme, la realidad y la presión mental que apretó con fuerza en mis sienes durante unos segundos, seguramente su origen era el pobre desgraciado que se encontraba detrás de la pared. Todos hicimos el mismo gesto de molestia: fruncir el ceño y apretar los ojos. Todos menos uno.
- En el departamento médico son todos unos incompetentes, señor – se aclaró la garganta-. Perdone las molestias.
- No hay problema, estas cosas pasan – el señor Orłowski le estaba ignorando, pero el militar se sintió un poco mejor, con más atención.
Dejé que ese pensamiento volase en mi mente, porque sabía que el telépata que tenía unos pasos detrás, el que había observado protegerse de las molestas ondas por el rabillo del ojo, lo captaría. Abrí el PDA y leí mentalmente “La colección de piezas aztecas del señor Orłowski ya han llegado al despacho”, pero recibí la confirmación de mi petición a la embajada, papeleo y burocracia. Los molestos telépatas, siempre por todas partes, me habían acostumbrado a pensar y no pensar a la vez. Un segundo de lucidez para poder actuar, el resto de inconexiones y temas absurdos. El señor Orłowski me miró de reojo y le contesté la mirada como aquel que no quiere la cosa.
- Estamos llegando, señor.
- Bien.
- Le gustará la sala central –sonrió abiertamente- tenemos todo el material tecnológico que se pudiese desear.
- No lo dudo –le contestó la sonrisa sin mucho interés.

El telépata desapareció de mi vista cuando entramos en la “sala central”. Aquella era un área restringida, por suerte yo llevaba un pase colgado del cuello, pero el resto de nuestros acompañantes se quedó fuera. Examiné la habitación lentamente, era cierto que poseían maquinas potentes, y el equipo parecía mucho más preparado que el personal médico. Los ingenieros se limitaron a mirarnos con desconfianza para volver a su trabajo, ajenos al protocolo militar. La verdad era que, sin ellos, hoy en día no existirían ejércitos ni armas nucleares, así que podían tener el lujo de no presentar sus respetos al general.
- Y este es el gran cerebro de la base, señor. Potente e impenetrable.
- Es un alivio.
- Sin duda, señor. Supongo que ha recibido los últimos informes, señor.
- Sí. Y yo supongo que se han tomado las medidas necesarias.
- Sí, señor. Ahora mismo un equipo está esperando fuera del hotel donde se captó la señal esperando órdenes, señor.
- Buen trabajo.
Mientras esperaba al lado, detrás de los dos hombres, observé al equipo que llevaba los enormes ordenadores. Un par de ellos intercambiaron expresiones de incredulidad. Llamaron a un tercero, se rascó la nuca. Después miró hacia atrás para situar al señor Orłowski. Se encontró con mis ojos, y extrañamente, mis ojos, siempre eran los de Aleksander.
- ¿Algún problema? –se acercó a los monitores de metacrilato.
- No, no, señor… sólo unas interferencias en la conexión y…
- ¿Interferencias?- el general sueco frunció el ceño.
- …Bueno…
- Creemos que hay un intruso –susurró una mujer con gafas. Rozaría la treintena, si es que llegaba.
- ¿Qué?
El general lame culos se puso de los nervios por tal muestra de incompetencia delante del señor Orłowski, le pidió que esperase junto a la puerta para arreglar el pequeño problema. Sin embargo, estaba claro que alguien estaba rastreando la base de datos.
- Anya - la voz ronca y rugosa de Aleksander murmuró mi nombre sin dirigirme la mirada.
- ¿Sí, señor?
- Quédate cerca.
- Siempre, señor.
Observé la escena, impasible. Todos empezaron a perder un poco los papeles, más militares entraron por la única puerta de la sala central, rozándome el hombro. Se acercaban a los monitores con los guantes de pulsaciones sin evitar la intrusión.
- ¡Joder!
- Señor, están borrando los informes –el general palideció increíblemente rápido.
- ¡Cerradlo todo! ¡CERRADLO TODO!
- ¿¡Qué cerremos el que?! ¡Esto no es una tostadora!
- ¡Avisad al equipo!
Levanté los ojos al hombre siempre postrado a mi lado. O quizá era yo quien estaba al suyo. A sus cuarenta y tantos había conseguido superar la belleza femenina de los jóvenes, refugiándose en su coñac, su tabaco, sus lujos. Era un snob con dignidad, a quien no le importaba lo más mínimo el mundo que le rodeaba, todo era él, y él era todo. Y yo a veces su asistente personal, a veces su espía, a veces su trofeo. A veces no era nada, como entonces, cuando ni siquiera me miraba.
- Páralo.
- …¿Cómo?
- Sabes como.
En el archivo de información absurda que era mi mente, hilos y más hilos de hechos históricos, planos de ciudades, de montaje de armas, de probabilidades, de sucesos inesperados,… poco a poco se formaba una idea inexacta de lo que tenía que pasar. Y, entonces, a veces atrapaba esa idea fuerte y conseguía vencerla, a veces se escurría de mis manos imaginarias y la decepción me carcomía por dentro como un cáncer. Para no dejar que la decepción me alcanzara, evitar que se me pudriesen las entrañas con el amargo sabor de la derrota, la incapacidad, la debilidad, para que Aleksander sintiese que soy útil, que alguien tan común y gris como yo podía ser una herramienta. Para ser alguien, mis manos se convertían en garras que clavaban sus uñas en el tejido de mi pensamiento, desgarrándolo. Y entonces (sólo entonces), la información salía a flote, aparecía de la nada, se abría paso. Los ordenadores se pararon en seco a causa de una sobrecarga en el sistema, por culpa de una tecnópata que había puesto demasiado empeño. En ese mismo instante se estaban realizando unas pruebas en la base, necesitaban el escáner a la máxima potencia. Y el generador no pudo aguantar la presión. Y todo quedó en oscuridad.

Sentí algo caliente bajarme por los labios, deslizándose hacia la comisura. La punta de mi lengua saboreó el metálico sabor a sangre caliente. Sabía a la perfección que había ocurrido, y a la vez no sabía como lo había hecho. De lo único que estaba segura es que pronto llegaría la bofetada del arma de doble filo que era mi manifestación de poder.
- ¿Está todo bien? -Aleksander me había estado sujetando por la espalda, por eso me sentía tan liviana.
- Los archivos se han salvado. Creo.
- ¿Crees?
Pasó el pulgar bajo mi nariz limpiando la sangre.
- El generador se ha quemado.
- Por eso la alarma de incendios.
- No se si es algo bueno o…
- …no pienses en ello–dejó el pulgar unos segundos más de lo necesario sobre mi labio superior-. Ha pasado lo que debía pasar.
A veces era su asistente personal, a veces su espía, a veces su trofeo. Pero la mayor parte del tiempo era su amuleto de la suerte, porque sólo funcionaba cuando él deseaba algo, y siempre era a su favor. Quizá era la tejedora de su destino, un personaje observador, en segundo plano. Quizá sólo sabía ver los acontecimientos inmediatos, quizá provocaba desastres, quizá era él, y yo su marioneta. Quizá, yo no era nada.

12:39 a.m. - 2008-01-20

*** ***

- Hay que llevarla entre los dos, con cuidado, no sea que le provoquemos alguna lesión más.
- Parece tener bien hombros y espalda, lo he comprobado mientras te transformabas para ver cómo moverla.

La chica no parecía del todo inconsciente, y lo cierto era que mejor siguiera así. Desconocía su estado, pero si se dormía, tal vez no pudiéramos despertarla. Miré a Eve mientras la cargábamos, mordiéndose el labio y con la preocupación en sus ojos. No dijo nada hasta que llegamos a la caravana, mirando alerta a nuestro alrededor, sin dejar de echarle varios vistazos a la pelirroja mientras avanzábamos. Yo hice lo mismo, y agudicé el oído, vigilante. No pareció que nadie nos viera. O que llamáramos la atención lo suficiente para que se fijaran en nosotros.

- Cuidado.

Y nada más. No necesitábamos ser telépatas para comunicarnos sin hablar. Para entendernos. No necesitamos un gesto para saber en qué cama echar a la chica, ni para ir yo a por el botiquín mientras Eve intentaba mantenerla despierta. Cada uno a un lado, yo empezando por los pies, quitándole los zapatos, mi hermana por los brazos. Reconociéndola, revisándola.

- Las piernas están bien.
- Tiene una muñeca rota.
- Sin contusiones graves en la cabeza.
- Bien.

Se me enredaban los dedos en el cabello pelirrojo de la chica. Enmarañado, sucio. Manchado de sangre. La peiné un poco, inconscientemente. Me miró a los ojos con una expresión que describiría de agradecimiento.

- Gracias.

Vale, todavía sabía describir. No perdamos los nervios.

- Io, este es mi hermano Adam. El perro del que te hablé. – fruncí el ceño.- Voy a tener que quitarte el jersei para que pueda reconocerte. No te preocupes, no permitiré que te meta mano
- Eh – bufé – Soy atento y servicial como buen perro – empecé a excusarme, en voz baja, y la miré a los ojos - Te cuidaré, y te protegeré de la arpía verde del infiernAUCH!

Después de la colleja, Eve me miró enfurecida, justo antes de alejarse para hacerse con unas tijeras, guardadas en algún cajón de la caravana. Miré a Io un momento, todavía frotándome la nuca, algo adolorido. Tosió.

- No...me hagáis…

…reír

Sonreí.

- Lo siento, pero creo que eso es inevitable. Aunque te prometo intentarlo. Tú ahora intenta no pensar y déjanos hacer.

Mi hermana volvió con las tijeras y empezó a cortar la ropa de la telépata, pues nos resultaría más fácil y menos peligroso para poder ocuparnos de ella. En cuanto dejó su torso al descubierto, froté mis manos para calentarlas y empecé un tosco reconocimiento por el estómago de la chica. No podía saberlo con seguridad, pero por sus no demasiado dolorosas reacciones, no parecía tener ningún problema interno. Suspiré aliviado. Aunque su parte externa no parecía haber tenido más suerte. En sus costados habían salido ya grandes moratones, de ese color enfermizo y variado que iba desde el rojo hasta el amarillo, pasando por los clásicos morados y azules.

Patadas. Gran número de patadas. Sus extremidades estarían machacadas. Y aun así había tenido la suerte de sólo romperse una muñeca. Debió de protegerse el estómago y el pecho mientras las recibía. Chica lista.

Eve murmuró algo de que deberíamos ducharla. Demasiada sangre. Demasiado barro. Tenía parte de la ropa pegada y no podríamos quitársela sino reblandecíamos las costras antes, y había riesgo de infección si no la limpiábamos. Io puso una curiosa cara de desgana cuando se lo dijimos, pero no estaba en posición de oponerse. Era necesario. Mi hermana volvió a decir algo de que no me dejaría meterle mano y yo rodé los ojos. Me abstuve de decir nada puesto que le había dicho a la telépata que intentaría no hacerla reír. Y, ey, lo estaba logrando. Un punto para mí.

Coloqué una de las sillas plegables en el plato de la ducha y ayudé a Eve a transportar hasta allí a Io. La dejé hacer mientras recogía y preparaba una tercera cama para la telépata. Aunque algo me decía qe Ivy no usaría la suya o que no dormiría hasta estar segura del estado de la chica.

Y no me equivoqué. Después de hacerle todas las curas y de ponerle uno de mis pijamas –que le quedaba más ancho y más cómodo- la dejamos en la cama, y no tardó en coger el sueño. Parecía lograr descansar. Su mano, entablillada y fuertemente vendada, reposaba sobre su regazo.

Le tendí una taza de té cargado, el que había dejado reposando momentos antes y me senté a su lado. No apartaba la mirada de la pelirroja. Y se pasó así toda la noche, hasta que ella también se durmió, apoyada sobre la cama.

Aunque yo caí primero, en otra de mis grandes posturas sobre la mesa. La espalda me pasaría factura por la mañana.

4:42 p.m. - 2008-01-19

*** ***

El viaje por carretera había sido todo lo largo e incómodo que había previsto y más. Cuando el único coche que les queda disponible a los del Rent-a-Car de Oslo es un diminuto y desconchado Ford Fiesta con una cifra asombrosa parpadeando en el cuentakilómetros, y la alternativa es ir a pie o hacer auto-stop, no tienes más remedio que agachar la cabeza y aceptar las llaves que te tiende el encargado gilipollas de turno.

Según me aproximaba a Estocolmo, el número de fantasmas aumentaba. Rondaban las cercanías de la ciudad en la que habían perdido la vida, lanzando lastimeros aullidos, algunos en silencio y otros a voz en grito. Sólo podía tragar saliva, dar un sorbo largo al recipiente metálico en el que el cognac Hennessy ya empezaba a escasear y pisar el acelerador a fondo, tratando de dejarlos atrás. Obviamente en vano.

Cuando por fin llegué a los consabidos controles militares, se me echó encima toda una bandada de soldados, aparentemente sin nada mejor que hacer que venir a tocarme los ovarios. Armado hasta los dientes y cargando una ametralladora que parecía la mar de pesada, uno de ellos se me acercó con pasos deliberadamente lentos y se dirigió a mí en un idioma incomprensible (sueco, me imagino).

- Je ne parle pas suédois, monsieur.

A lo que respondió pasando de inmediato al inglés. Reprimí una mueca de asco ante la utilización del idioma de Shakespeare (nunca comparable a Molière) y le despaché con un par de borderías bien calculadas. Muy amablemente me informó de que podría encontrar, a lo largo de los controles, lugares donde pedir alojamiento, a lo que respondí con una mirada fría y un ‘Dormiré en el coche, merci’ más frío aún.

A la mañana siguiente, 28 de diciembre, me digné por fin a llamar (o intentar, en todo caso) a mis padres. Pero, dado que la cobertura era más bien nula y tampoco pensaba patearme media Suecia en busca de algún sitio en el que mi móvil funcionase, me contenté con escribirles un mensaje y guardarlo en borradores, para cuando pudiese enviarlo.

En estas estaba, y ya me había alejado unos cientos de metros del Ford Fiesta (lo que agradecía, era vergonzoso verme asociada con semejante antigualla), cuando a mi lado se materializó un chaval que parecía chino o japonés ataviado con un gorro rosa. Sí, rosa. Fuchsia.

Le lancé una mirada de soslayo, aterrada ante semejante atentado hacia la moda, y tragué saliva. Qué miedo. Seguro que era uno de esos chiflados que cada noche encendían velas por las almas de los muertos en el Holocausto.

Lamentablemente, se dio cuenta de que estaba invocando mentalmente a los espíritus de Coco Chanel y Gianni Versace para que vieran en qué se había convertido el mundo sin ellos. Su cara fue todo un poema, mejor incluso que el gorro (o quizás no tanto).

- ¿Qué…? –parecía vagamente intimidado.-
- Nada. Estaba mirando tu gorro. –y pidiéndole a Dios que me volviera ciega de repente, pero eso no lo dije.-
- ¿Qué le pasa? –miró hacia arriba.- ¿Está sucio? ¿Roto? ¿Le ha pasado algo a mi gorro?
- Lo que le pasa es que existe, eso es lo que le pasa.
- Me calienta la cabeza, está bien. –increíble. Me había topado con una persona decente, alguien que no me contestaba a base de sarcasmos ni buscaba un pretexto para acribillarme verbalmente.-
- Hay muchas otras cosas que también te calientan la cabeza y no son fuchsias. –esbocé una sonrisa de medio lado, preguntándome quién coño sería aquel personaje y qué haría allí. Aparte de rezar por las víctimas.-
- Es que aquí no tengo otro. –poniendo cara de cachorro abandonado, se lo quitó y sonrió levemente.- Ya está.

Era una persona decente, pero tonta. Y, por lo visto, con una colección de accesorios para la cabeza que me dañaría las retinas de por vida.

- A propósito, ¿quién eres tú? –le pregunté sin gran interés, más por cortesía que por otra cosa.-
- Soy Shin Ta Hae. –me extendió una mano, la cual ignoré olímpicamente. Ya puestos, podía haberme hecho una reverencia.- ¿Y tú?
- Françoise Marie Lanselle.
- ¿He hecho algo que te haya molestado? –inquirió, con expresión sorprendida.-
- No, yo soy así. –le dediqué otra media sonrisa, preguntando a continuación: - Por cierto, no tendrás un poco de cognac, ¿no? Se me ha acabado.
- No suelo beber. –a pesar de su cara de felicidad, acababa de bajar diez puntos en los sondeos.- Pero si preguntas a algún campista de por aquí seguro que tiene. Para algunos es la única manera de soportar el estrés.
- Sí, supongo que otros usan gorros fuchsias para sobrevivir. –comencé a alejarme, ya que mi querido Shin no podía proporcionarme lo que me interesaba.-
- ¿Cómo puede alguien sobrevivir con un gorro? –dos segundos después, me volvió a llegar su voz, plagada de un acento asiático que no reconocía.- Yo tengo uno y necesito comida.
- Yo podría dártela, pero no tienes cognac, que es lo que yo busco, así que sayonara, baby.
- Eres una chica rara. –torció el gesto.-
- Yo no llevo un gorro que hace daño a los ojos, pero merci beaucoup por el cumplido.

En esta ocasión, puso cara de desconcierto. Pero qué variedad de expresiones tenía el chico.

- De… nada. Si necesitas algo, pues… -pareció pensárselo durante unos instantes.- Bueno, da igual. –volvió a encasquetarse el gorro, que llevaba un buen rato siendo amasado entre sus manos.-
- Au revoir, Shin Ta Hae. –le lancé un beso con los dedos y di un par de pasos en la dirección del Ford.-

No sé por qué, tenía la sensación de que, la próxima vez que nos encontráramos, se las habría ingeniado para conseguir cognac.

12:09 a.m. - 2007-12-31

*** ***

La musica resonaba por toda la casa. El REY entonando hound dog con toda su fuerza mientras mientras yo saltaba por la casa usando la escoba a modo de micro.
Había cerrado todas las ventanas para evitar que algún vecino me viera saltando como una rana en bragas y camiseta.
Había tenido un buen día. Un día perfecto. Uno de los grandes jefazos me había felicitado (extraoficialmente) por mi proceder, mi mustang había salido del taller y había perdido kilo y medio de peso.
En uno de los saltos casi me caigo del sofá.
Y en el momento en que movía las caderas imitándole, extasiada de felicidad, sin importarme que la pija de mi vecina volviera a ponerme una denuncia por ruidosa (tenía dinero, y el Rey lo valía) se cumplió esa extraña norma cósmica que dicta que cuando tienes un buen día alguien te lo va a joder. Siempre en proporción de la felicidad sentida.
Sonó mi móvil. No quería cogerlo, pero no paraba de sonar y sonar. Al final apagué la música y me senté a lo indio entre los cojines tirados por el suelo. Había dejado de sonar, pero el numero seguía grabado en la pantalla.
La última persona en el mundo que esperaba que me llamase. Suspiré recogiéndome el cabello en una coleta. No quería llamarle; ese tío era como un maldito cuervo de mal agüero.
Apreté el botón de rellamada y apenas me dio un par de “bips” antes de oírle al otro lado.
-Hola- su voz, mas grave, mas cansada, mas lejana; como ausente. Había estado llorando. Como suelen decir, unos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Si la justicia divina existiera Allen Wellsh habría tenido que nacer con un botiquín bajo el brazo.
Le sentía cierta simpatía después de tantos años y tantos años, pero sabía que estar con él era peligroso. Se hundía. Lo quisiera o no, se hundía lentamente y hundía todo lo que estaba a su alrededor, lo pudría desde dentro; esa era una de las muchas razones por las que me había apartado de él. No habíamos hablado desde hacía algo más de dos años, y también había sido por teléfono.
Le oía comenzar a llorar mientras me hablaba. Diciéndome cosas inconexas pero que tenían un sentido entre ellas. Apunté todo lo que me decía en una revista mientras trataba de calmarlo, aunque yo estaba tan mal como él. Colgué el teléfono mientras buscaba en la guía el número del aeropuerto.
Estocolmo...por supuesto que había oído lo ocurrido. Y había hecho todo lo posible para mantenerme lejos. Pero ahora me llamaba desde lo mas profundo. Suspiré. No había tiempo para las lágrimas. La voz de la azafata no tardó en saludarme.
-Si...buenas noches...querría un billete.

3:20 p.m. - 2007-12-28

*** ***

Miraba desde la cama el cielo nublado de Estocolmo. No es que aquella cortina me dejara entrever mucho, pero podía notar el ambiente. Con la que era mi cuarta taza de te en las manos (había ido alternando entre distintos tipos), siempre sin azúcar, no dejaba de pensar en Io.

Hacía bastante que se había ido, el sol ya había prácticamente desaparecido tras uno de los desoladores y monótonos horizontes de aquel lugar pero, con las ganas que había tenido de que sucediera, no iba a olvidar mi primer encuentro allí con otra persona especial. Me apetecía llamar a Robert y contárselo, pero seguro que allí estarían todas las líneas o señales intervenidas y no iba a arriesgarme.

Adam tardaba mucho, y no sabía nada de él. Sólo habían sido unas cuantas horas y aunque se había pasado antes de que llegara Io a decirme que todo iba sin novedad, no ayudaba a calmarme.

Justo cuando pensaba en que le echaría la bronca de su vida por no mantenerme al tanto durante tanto rato en cuanto llegara, reconocí sus pasos apresurados hacia la caravana. Entró como una exhalación, cerró con llave y me miró con ojos brillantes y la excitación saliendo de cada poro de su cuerpo. Maldita hiperactividad.

- ¡Eve! ¡Ivy! ¡Eve,Ivy,Ivy, Eve! – casi me tiró de la cama al saltar encima.
- ¡Que no me llames--!
- ¡He conocido a uno!¡Era uno de nosotros!¡Sí, sí, sí! Estaba en forma de perro intentando averiguar algo de los militares cuando me echaron a patadas, es increíble el poco amor por los animales que puede llegar a tener el ejército, en serio, aunque el cocinero del campamento me ha tirado unos huesos bastante repugnantes pero al menos me ha dado algo ¿sabes? Y eso que tampoco se lo había pedido aunque seguramente lo que quería era que me alejara de allí, pero
- ¡Adam!
- ¿¡Qué!? – me miró asustado cuando le grité.
- ¡¿Me quieres contar a quien has conocido?! – y, por un instante, pareció que no sabía de qué hablaba.
- ¡Ah si! ¡El pelirrojo! ¡Es…! Hizo… - se puso a chasquear los dedos mirándome como un idiota - ¿Sabes? ¡Chas! ¡Y luz!
- ¿De qué me estás hablando?
- Chasquido. Chasquear, joder, eso. ¡Que chasqueó los dedos y salió un fogonazo de luz, como un flash!
- …¿Y no sería un flash de cámara, Adam?
- ¡Que no! O sea, sí pero no. – En serio, ¿mi hermano no se escuchaba cuando hablaba?- Fue como un flash, pero lo hizo precisamente porque se había estropeado el de su cámara. Creo que es fotógrafo. Llevaba una cámara, al menos.
- Dudo que le dejen llevar una cámara sin permiso por aquí, sabueso.
- Pues eso. Ñañaña. Fotógrafo. Tengo que localizarle e ir hablar con él.
- ¿Es de fiar? – dejé la taza sobre una de las estanterías. Menos mal que ya me había casi acabado el té cuando Adam llegó porque sino en ese momento estaría la mitad sobre el edredón.
- ¡Y yo que sé! Parecía majo – me entraron ganas de darle un sopapo a mi hermano para que se calmara y dejara de dar botecitos como un niño hiperazucarado.- Habrá que averiguarlo. No sabía que el perro era yo. Y me dio buen rollo. Luego apareció un japonés, creo, pero gritó y parecía hiperactivo y quería venir a contártelo de todos modos.

Alcé una ceja. ¿Hiperactivo? ¿Él acababa de llamar a alguien, hiperactivo? Creo que no quería saber nada del japonés ese. A mi hermano lo aguantaba, pero porque era mi hermano. Nada más.

- Yo también he conocido hoy a una chica…especial – me levanté de la cama y llevé la taza al fregadero.
- ¡Qué dices! ¿Cuándocómodondeporqué?
- ¡Adam por los dioses! ¿Te quieres calmar? – se calló de golpe mientras me miraba como un cachorrito desde la cama, con una mano sobre la otra en su regazo. Era como un crío al que estaban regañando. Le miré un momento intentando calmarme yo, estaba contagiándome su excitación pero transformada en estrés y, aunque la paciencia no fuera en absoluto una de mis virtudes, la usaba horrores para tratar con mi hermano. Igual que él conmigo.
- Una chica de mi edad, Io. Es telépata.
- ¡Telépata!
- ¡Baja la voz! – se encogió sobre sí mismo como un perro con las orejas gachas. Rodé los ojos. A veces se le pegaban esas costumbres tras una de sus transformaciones.
- Se ve que…"me oyó pensar" y llamó a la puerta de la caravana – hice un gesto vago hacia ésta mientras lavaba los pocos platos sucios que habían.- La dejé entrar y estuvimos hablando. Nos ofrecimos ayuda e información mutuamente.
- ¿Y es de fiar? – noté el rintintín en la voz de mi hermano al repetir mi propia pregunta.
- Y yo que sé. Parecía maja – le saqué la lengua.

Adam se levantó riendo y se puso a escarbar en la despensa mientras sacaba algunas cosas para ponerse a hacer la cena. Durante ésta, me estuvo contando qué había estado haciendo. Que en el voluntariado le habían recibido bien pero que no paraba de trabajar y que apenas se oía nada de interés, pues los militares lo tenían todo muy controlado. Por eso sólo pudo escaparse al acabar su "turno" e ir a dar una vuelta. Se había encontrado con otros perros vagabundeando por la zona así que no tuvo problemas en pasar desapercibido. Me habló del periódico del día, que había olvidado traeres, contándome aquella estúpida versión que estaban vendiendo los medios sobre el fraude. Me acordé de Io, encabezonada en que dejáramos de escondernos, justo en ese instante, oí su voz.

”…Eve… te necesito antes de lo esperado.”

Me levanté de golpe, volcando el vaso sobre la mesa. Adam me miró asustado. Cogí mi gran abrigo largo, los guantes, la bufanda, todo. El miedo, el dolor, casi el terror de Io me habían atravesado con aquella frase. Necesitaba ayuda.

- Adam, transfórmate en perro de nuevo. Deprisa. Le ha pasado algo.
- ¿A quien?
- A Io, joder. Se sentó ahí esta tarde, intenta captar su olor, algo, tenemos que encontrarla.
No dijo nada más y cuando se dirigió hacia la puerta meneando la cola supe que tenía algo sobre lo que basarse. Afortunadamente, la luz de las caravanas no iluminaba gran cosa y pudimos movernos amparados por la oscuridad. No era conveniente que nadie me viera.

Nos alejamos un poco de lo que era nuestro campamento improvisado y Adam empezó a gemir e incluso a gruñir. Supuse que no ladraría por no llamar la atención. Me quedé helada al ver cómo se acercaba a un cuerpo inerte en el suelo que reconocí como la telépata. Empezó a lloriquear mientras le daba suavemente con el hocico.

Me mordí el labio inferior. La habían apalizado.

Me arrodillé a su lado y le aparte el pelo de la cara, pegado con restos de sangre. Se me encogió el corazón.

- …..ve?
- Sssht, tranquila.

Ayúdame.

- Adam, escóndete y vuelve en ti – susurré – No voy a poder sola con ella.

Acariciaba la cabeza de la pelirroja con cuidado mientras esperaba a mi hermano, murmurándole suaves palabras. Teníamos que volver cuanto antes a la caravana.

2:53 p.m. - 2007-12-26

*** ***

No pensaba. No sentía. Ni siquiera estaba seguro de ser una persona en esos momentos, cuando dejaba que algo que no podía ser calificado de rabia, ni de ira, ni de furia, porque esas palabras se quedaban cortas, me invadiera, corriera por mis venas más rápido que la sangre y la adrenalina, alcanzara mi corazón, mi cerebro y mis pulmones –por ese orden- y moviera mis músculos, hacia delante, siempre hacia delante. En dirección a Io, golpeándola una y otra vez; ella, estatua de cera, se mantenía estática. No reaccionaba. Ni siquiera gritaba. Sólo lloraba, ríos de lágrimas que le resbalaban por las mejillas mientras caía al suelo, se encogía sobre sí misma, cubriéndose la cabeza, como si le fuera a servir de algo, como si tuviera en ella algo que proteger aparte de su melena. Una mancha roja, lo único que no se movía en el torbellino en que se había convertido el mundo.

Perdí la noción del tiempo mientras la masacraba a puñetazos y patadas, con la única visión de su cabellera recortándose contra el suelo y su forma de llorar, que había pasado de ser sollozos a limitarse a lágrimas silenciosas y abundantes como cascadas. Hubiera podido seguir así indefinidamente, probablemente hasta matarla, pero el último vestigio, el último poso de razón que me quedaba me advirtió de que no sería buena idea, así que la dejé allí tirada, sangrante, rota como una marioneta caída desde el quinto piso, una vez que perdió el conocimiento.

Comencé a alejarme de ella, dejándola con la advertencia de no querer verla nunca más. Más calmado pero todavía con ganas de acabar con la vida de alguien, saqué la cajetilla de Lucky del bolsillo de atrás de los vaqueros y peleé durante un par de minutos contra el Zippo hasta conseguir encender un cigarro. Sin ser consciente de ello, empecé a caminar en círculos, su cuerpo desmadejado era mi centro de gravedad y yo orbitaba a su alrededor como hace un cansado satélite con su planeta correspondiente.

Cuando por fin me di cuenta, ya se había hecho tarde, o lo que en Suecia se consideraba tarde. El sol invernal, que parecía separado de este mundo por una omnipresente cortina de niebla, caía a plomo por el horizonte devastado que conformaba lo que hacía no mucho tiempo había sido Estocolmo.

Las cenizas de los cigarrillos que había ido fumando a lo largo de la tarde marcaban mi órbita, pisadas errantes que formaban un camino tan predeterminado como el destino. Di una postrera calada y dejé caer la colilla del último que me quedaba al suelo, aplastándolo con el pie como hubiera hecho con un insecto repugnante, pero no tan repugnante como ésos que llamaban ‘mutantes’.

Estúpida, lentamente, recordé que me había dejado la maleta en el coche de Io, el mismo coche junto al que, si es que nadie la había socorrido aún –y si es que no estaba muerta, cosa que, a mi pesar, esperé que no se fuera cierta-, seguiría ella. Ésa era una perspectiva demasiado aterradora, encontrármela, ya fuera muerta o viva, consciente o inconsciente, de modo que decidí arreglármelas con la 9 mm. que llevaba en el bolsillo de la cazadora.

No quería conocer su suerte. No quería saber si había sobrevivido o si no lo había hecho, porque, de saberlo, la esperanza, o llamémosle realidad, se me caería encima con la fuerza de un derrumbamiento en el Everest. No quería topármela, aun en el caso de que todavía respirara, porque pudiera ser que estuviera despierta, y puede que sea un psicópata asesino que no tiene remordimientos en apretar el gatillo en la sien de un inocente, sacarle las tripas a alguien con mis propias manos o romperle el cuello a un niño de cinco años, pero eso era superior a lo que mi propia y diminuta conciencia podía aguantar.

De pronto, un enorme chispazo y una sacudida de energía recorrió el suelo como una especie de pequeño terremoto. Levanté la mirada del barro en el que había metido, sin querer, las botas, y pude ver, a lo lejos, un vehículo militar plagado de soldados poniéndose en marcha. Acelerando, atravesando la línea de visión y acercándose al ‘campamento’ que se había establecido junto a los controles de seguridad.

Encaminando hacia allí mis pasos, y a pesar de que no entendía –ni entiendo- sueco, por su tono perentorio deduje que el cortocircuito, o lo que fuera, se había cargado la seguridad. Las vallas electrificadas, las cámaras y todo lo demás.

Por primera vez en el día, una sonrisa se fue abriendo paso poco a poco en mi cara. Por fin tenía la oportunidad de hacer algo. Así que, sin preocuparme por los militares, que, con palabras que parecían ladridos, trataban de explicar la situación a los civiles, me aproximé al control más cercano y entré en lo que quedaba de Estocolmo.

Era una pena que la lolita pelirroja no estuviera conmigo.

5:58 p.m. - 2007-12-23

*** ***

A la mañana siguiente de nuestra llegada ya me dolía todo el cuerpo. Eché un vistazo hacia atrás, donde había dejado por última vez a Nerón, y ahí seguía, durmiendo plácidamente, o si más no más placidamente que yo. Estuve a punto de echarle un maleficio a todos y cada uno de sus huesos, pero estaba demasiado cansada como para hacerlo, así que opté por abrir la puerta con el codo y salir al aire libre a respirar un poco. Estuve a punto de dejarla abierta para que se helara un poco, pero me apiadé de él y terminé pateándola con suavidad para que se cerrase.
Frotándome los brazos protegidos por tres camisetas, empecé a andar sin rumbo. Simplemente me dejé llevar por los ruidos de mí alrededor, los que podía oír todo el mundo y los que sólo yo o cualquiera que fuese como yo podía escuchar.
Pensamientos.
Las primeras horas había estado lleno de pensamientos apoteósicos. Entonces, por suerte, se había reducido tanto la cantidad como la fuerza de estos, y podía volver a vivir sin dolor de cabeza.

Después de más de dos horas caminando de aquí para allá, sin descubrir nada interesante, me paré en seco al oír algo. Miré a lado y lado, delante, atrás, arriba e incluso hacia abajo. Sabía que no iba a encontrar a nadie, que el algo que había oído era una voz, una voz con cuerpo que no estaba presente ahí, sino alrededor, en alguna parte, cerca.

¿Habrá alguien más....'especial' por aquí?... …Ojalá no estemos solos… … .. Ojalá podamos ayudar

Sus preguntas eran como un dulce para un niño, o como una lolita para Nerón. Caminé con seguridad, segura de mi destino. Media docena de pasos hacia el norte y otra media hacia el oeste, y ahí estaba, o suponía que estaba.
Se trataba de una caravana que parecía deshabitada, o al menos en aquel momento. Hice una mueca y me acerqué más. Tras esperar unos segundos, llamé a la puerta. Nadie abrió, pero no hizo falta para saber que había alguien dentro y que había acertado.

"Quien demonios será?..."

- Vamos, sé que hay alguien ahí.- lo pronuncie lo suficientemente alto como para que me oyera sin problemas. Podía no haberlo gritado y habérselo transmitido mentalmente, pero era algo que no dominaba excesivamente. Más vale prevenir que curar.
"¿Cómo...?"
- Porque soy como tú.
"¿...Como yo?"
”Especial.”

Acerté. Dentro de la caravana se oyó un ruido, lo que me aseguró que se lo había dicho a la mente correcta, y no a la de algún piloto de helicóptero que sobrevolase la zona.
Sonreí.

"Telépata, por lo que veo"
- Ajá.
"Y cómo sé que eres de fiar?"
- No lo sé. Tendrás que fiarte.- guardé silencio unos segundos. Yo también quiero ayudar. Y sé que no estamos solos.- volví a guardar silencio y me aparté un poco de la puerta, clavando la mirada en una de las ventanas.- ¿Por qué te ocultas? No hay que tener tanto miedo.
"No es miedo. Es precaución"
- Debemos ayudarnos mutuamente. Ya ves qué puedo hacer yo, y yo no tengo ni idea de lo que haces tú. Y sigo esperando a que me abras la puerta.
"...de acuerdo. Pero no te asustes"

”¿Asustarme?”
Puse cara de incredulidad, aunque mi interlocutora no iba a verla. No sabía que podía asustarme. Aunque tal vez si tenía una trompa en medio de la cara sí iba a asustarme.
Con un chasquido, la puerta empezó a abrirse. Me puse en tensión sin querer, pero la idea de la mujer elefante me ponía nerviosa.
Cuando al fin la puerta estuvo abierta, no apareció ninguna trompa. De hecho, no apareció nada ni nadie.

- Pasa, pero cierra en seguida.

Le hice caso a la misteriosa voz y cerré tan buen punto pude. Tardé unos minutos en acostumbrarme a la oscuridad que dominaba toda la estancia, pero cuando al fin empecé a divisar figuras, dirigí la mirada hacia el punto donde me había parecido que procedía la voz.

- Hala.
- Vaya, eso está bien. Me esperaba una reacción peor.
- ¿Reacción peor? No creo que sea algo terrorífico ni malo. Ni algo que esconder.- se rió. Ella se reía mientras yo alucinaba de placer. ¡Era verde! Joder, ¡tenía la piel verde! Acompañé su risa con una sonrisa de agrado.
- No es normal. A la gente no le gusta lo que no es normal. Pero siéntate, por favor.

Me senté en la silla que me indicó.

- ¿Y qué más da que no le guste. A mi tampoco me gusta encontrarme con según que caras por la calle- suspiré.
- Pero no son monstruos.- segundos después, percibí sus pensamientos. "No puede ser mayor que yo".
- No eres un monstruo- sonreí.- Y tengo 22 años.
- Gracias...yo también tengo 22 pero...- se rascó la nariz-....¿Podrías no hacer eso?
- Si, claro- puse cara de culpabilidad.- Lo siento, es algo... natural, no me doy cuenta.- como toda contestación, sonrió otra vez.
- ¿Como te llamas?
- Io Honsey. ¿Tú?
- Io…- murmuró.-...yo soy Eve Belting, encantada.- se levantó.- ¿Te apetece un café, Io?- asentí.- Si te apetece otra cosa...también tengouna gran variedad de tés. Somos unos apasionados de las plantas en esta casa.- añadió en un murmuro.
- ¿”Somos”?
- Mmsí. Mi hermano y yo. He venido con él.- miré alrededor.
- ¿Y dónde ha ido?
- Se ha apuntado en el voluntariado. Así que ahora mismo, o está ayudando a los afectados o está intentando averiguar...algo. O ambas cosas a la vez.- se sirvió el café y me miró.- Entonces, ¿té o café?
- Té, gracias. ¿Tú hermano es como tu?
- Bueno, no es verde.- puse cara de desconcierto hasta que volví a fijarme en su tono de piel. Tal vez me acostumbraba demasiado rápido a los cambios o a las cosas excepcionales.- ¿Leche y azúcar?
- Azúcar.
- Pero también es especial.- añadió.
- ¿Sí? ¿Y cuales son vuestros "poderes"?-me serví el azúcar que había traido.- Si no es mucho preguntar.
- Adam, mi hermano puede...transformarse, en algunos animales.- me miró un rato, a la expectativa. Si esperaba que me escandalizara o algo por el estilo, debí decepcionarla.
- ¿Y tú?

Como toda explicación, acercó la mano hacia uno de las macetas que tenía cerca. Extendió un dedo hasta que rozó la tierra y de ella creció una planta.

- Ambos relacionados con la naturaleza.- comenté más para mi que para ella. Sonreí.
- Sí- se encogió de hombros.- ¿Tú puedes hacer algo más?
- Mover algunas cosas.
- Lo suponía. Tengo un amigo, en Suiza, que es telequinético y me dijo que a veces podía oír los pensamientos de la gente, pero que no lo controlaba muy bien. Supongo que en tu caso es al contrario.- me reí. Había acertado.
- Sí, aunque intento igualarlo.
- Eso está bien. Le tengo dicho a mi hermano que practique más sus transformaciones, pero es un perro… literalmente.- parecía divertida.
- ¿Se...transforma en perro? ¿Y en que animales más?
- Sólo en un par más.- no iba a contarme nada más de su hermano, estaba claro. Si quería saber más, tenía que conocerle o hurgarle en la cabeza, método que no iba a emplear.- ¿Qué te ha traído hasta aquí, Io? Aparte de lo obvio...
- Quiero encontrar a más como nosotros, y quiero que dejen de esconderse.- la miré significativamente.- Bueno, que dejéis de esconderos.
- ¿Somos muchos más?
- Teniendo en cuenta que la mayoría se ocultan, no puedo asegurarlo, pero estoy bastante segura de que más de los que parecemos.- miró, absorta, la taza de café.
- Yo quiero dejar de ocultarme...
- Hazlo.
- No es tan fácil.
- ...Pues debería serlo.
- Por si no te has dado cuenta, soy verde.
- Sigues siendo una persona.- me evité un suspiro de cansancio. ¿Y qué más daba que fuera verde? A mi me encantaba. Si hubiese sido pintora, estaba segura de que habría sido mi musa.
- Explícaselo a esos.- señaló en dirección al exterior bruscamente.
- En realidad no tendría que haber nada que explicar.
- Ahora mismo, todo el mundo pide explicaciones, y apenas las hay.
- Una cosa es que las pidan, y otra que tengas que darlas, eres libre de hacerlo o no. Nadie va dando explicaciones porque sí, y si todos los que son como nosotros se dieran a conocer, dejaría de ser algo "anormal".
- No nos van a dejar en paz "por que sí".
- Da igual cuanto cueste, es mejor vivir sin esconderse.
- Eso pretendo. Pero no va a conseguirse de un día para otro.
- Claro que no, pero sin salir a la calle o saliendo como un esquimal no hay nada que hacer.- la comprendía plenamente, pero no podía aceptar que se escondiera. No me hacía falta leer sus pensamientos para saber que se aferraba a la idea que era verde, pero si ella se aferraba a esa, yo tenía ganas de gritarle que si hacía falta me pintaría de verde para darle apoyo.
- Testaruda como pocas, por lo que veo.- no pude más que reírme.
- Tú tampoco te quedas atrás.- ante el comentario, fue ella quien sonrió.
- ...y qué piensas hacer, ¿Adonde vas a ir?
- Quiero estar donde pasó todo y que se cuece por ahí.
- Pues...te lo agradecería mucho si me lo contaras... lo que averigües.
- Claro.- volví a sonreír. Aunque por una parte la habría agarrado del brazo y la habría sacado de esa caravana a la fuerza, por otro la hubiera acuchado, hasta que ella me hubiera echado, por el simple hecho de no perder las ganas de saber más y más.

Me levanté de la mesa, dispuesta a irme ya. Cuando llegué a la puerta, le tendí la mano.

- Gracias por el té...y por abrirme la puerta.- me la estrechó.
- Gracias a ti por...encontrarme, supongo.- esbozó una sonrisa.- Y...si necesitas algo, ya sabes.

Después de despedirme de Eve, estuve un rato más paseando hasta que decidí que ya era hora de volver con Nerón.
Por el camino me encontré un periódico del día, algo húmedo pero con las letras perfectamente leíbles, que algún campista habría tirado.
Fraude a escala mundial.
Fruncí el ceño y seguí leyendo hasta llegar al lado del coche. Sin siquiera saludarle, le tendí el diario a mi compañero, quien estaba despierto y apoyado en el coche con un cigarrillo entre los labios. Su cara fue más explícita que los retazos de pensamientos que me llegaron. Nunca me había gustado invadir la privacidad de los pensamientos de aquellos con quienes tenía más trato, por eso solía atrancar las puertas a su entrada, pero no siempre salía bien.

-¿Tú te crees esta mierda?
- Por supuesto que no. Eso ha sido para taparse el culo. No se que ganan con intentar por todos los medios mantenernos ocultos.- sentí su mirada envenenada antes de verla.
- Espero por tu bien que no hayas dicho mantenerNOS, Honsey.
- ¿Perdón?
- Repite lo que acabas de decir. “No sé que ganan con intentar por todos los medios...
- Oh, vaya. He dicho mantenernos. Quería decir mantenerles. Yo no me oculto.- veía y notaba su enfado, pero tenía unos principios, los mismos que había querido transmitirle a Eve, los mismos que había mantenido desde que tenía conciencia de lo que era. No iba a dejar que nadie me los aplastase. Ni siquiera él.
- Vale. Vamos a dejar de andarnos con rodeos de semántica. Dime que no acabas de admitir que tú también eres uno de esos... de esos monstruos, pelirroja.
- Lo soy.- tomó aire al mismo tiempo que su cabreo empezaba a hervir.
-Pues no pienses que porque seas tú voy a dejar que te vayas.

Me quedé congelada en el sitio de miedo, de confusión, de sorpresa. No lo sabía, pero cuando al fin moví un músculo, cuando al fin me preocupé por saber qué pretendía, me había tirado al suelo de un solo puñetazo; Nunca había tenido buenos reflejos cuando mi seguridad física dependía de ello.
Intenté defenderme de sus patadas y sus golpes, pero cuando empezó a sangrarme el labio inferior, sólo me esforcé por protegerme la cabeza, mi bien más preciado, aunque el que solía traerme más problemas.
Lloré mientras me golpeaba y sentía como algunos huesos crujían bajo sus golpes. Estaba segura de que me había roto alguna costilla. Seguí llorando antes de perder el conocimiento, antes de desprotegerme la cara para intentar cogerle la mano, en posición de volver a golpearme.
Ignoro si lo logré. Ignoro cuando dejó de sentir furia y me dejó en paz. Ignoro si dejé de llorar cuando ya no era consciente de nada. Incluso ignoro si lloraba de dolor, de rabia e impotencia o de cualquier otra cosa. Sólo tengo la certeza de que al recobrar el conocimiento, se había ido y tenía sangre seca en el labio, la cual me arranqué al mordérmelo. Volvió a sangrar mientras intentaba levantarme, pero apenas me di cuenta, pues sentía demasiado dolor como para saber de donde procedía.
Cuando al fin logré tenderme boca arriba, abrí la boca para que entrase más aire en los pulmones, pero eso también dolía, así que entrecerré los labios e intenté dejar de sentir para pensar con claridad.
Tampoco lo logré.
Derrotada y sólo queriendo desaparecer de ahí, llamé a Eve mentalmente.
Crucé los dedos para que le llegase a ella y no a cualquiera que pasase cerca.

”…Eve… te necesito antes de lo esperado.”

11:41 p.m. - 2007-12-22

*** ***

El milagro de la tecnología moderna siempre me era satisfactorio, más teniendo en cuenta que “poseía” algunos de los prototipos más avanzados. Sin embargo, tanto cable y tanta investigación, pero aun no éramos capaces de combatir el problema del tiempo. Y no era precisamente la inmortalidad o los dinosaurios lo que me preocupaba en aquel momento, si no la llegada de la tecnópata a deshora. La impuntualidad de por si ya me sacaba de mis casillas, pero sobretodo si había un bien mayor detrás de mis ansias de corrección en el tema. Vale que no podía pedirle al jet privado que diese casi la vuelta al mundo en cuatro horas, pero empezaba a atardecer y Azumi no aparecía. Además el frío europeo me calaba los huesos aun bajo la peluda manta. Si entendiese las noticias podría saber si se aproximaba una nevada, pero me tuve que conformar viendo las nubes arremolinarse sobre el hotelucho.
Bajé a la calle a estirar las piernas, poco tenía yo que hacer ahí si nos faltaba Azumi, y no me gustaba dejarme ver demasiado –menos aun con ese abrigo que me hacía parecer un zeppelín-, pero me pasé por una panadería en la que me tuve que hacer entender por señas para comprar un par de cosas y me paré en un quiosco a comprar el único periódico que les quedaba. La portada era previsible y tranquilizadora, como sólo una mentira podía serla. Releí por encima:

Fraude a escala mundial.
[...]polémica levantada por la grabación del ya llamado Holocausto de Estocolmo. Las autoridades han declarado que tras un examen exhaustivo se ha declarado dicha grabación un fraude. Los jóvenes que aparecían en las imágenes más el propio cámara [...] Aquí se explicaba qué programas informáticos se habían utilizado para la formación y el montaje de las de las imágenes y qué erratas se podían apreciar por un ojo experto, fallos y errores que hacían “evidente” que aquel video no era más que un broma pesada. [...]Gracias a la intervención de profesionales y de imágenes por satélite, se ha podido averiguar que la grabación ni tan solo fue realizada ese día y probablemente en un lugar diferente. Así, las sospechas y noticias de que el incidente que ha devastado la ciudad de Estocolmo era un fallo de seguridad en la planta de contención de residuos nucleares, han salido a la luz esta madrugada en un comunicado especial del Primer Ministro sueco ,Fredrik Reinfeldt, en forma de disculpa [...] Blah ,blah ,blah ,blah [...] Las medidas de protección y descontaminación se empezarán la tarde de este mismo día 28 de Diciembre bajo la supervisión y ayuda de los paises que forman la ONU, con máxima prioridad [...] Blah, blah, fin.

Miré el esquema colorido que explicaba detalladamente como había sucedido el trágico accidente nuclear y las medidas que los ciudadanos en las cercanías debían tomar. Mientras, pensé en que problemas habrían tenido en estos dos días como para que esta tapadera saliese tan tarde de forma oficial –claro que desde el primer día se barajaba la posibilidad de que el video fuese un fraude, pero el mundo de la televisión es así de culebrónico.
¿Y qué significaba todo esto? Significaba que el poder político había concebido una de sus pocas estrellas en lo que se refería a estrategia desesperada, y que así no sólo se salvaban el culo ellos, me lo salvaban a mí. A mi y a quien estuviese en mi situación. Sin embargo, todo aquel con un don o conocedor de la existencia de los dones no tragaría la mentira tan fácilmente. Hay quienes prefieren cerrar los ojos, pero los hay que una vez envalentonados pierden el Norte, no le convenía a nadie que unos cuantos gilipollas echaran a perder la medida temporal que el gobierno de Suecia (digamos que la ONU) habían creado con unos esquemas tan bonitos en los periódicos europeos –y esperaba que del todo el mundo. Ese era un nuevo punto que resolver.
Dejé el periódico, enrollado, encima de un buzón de correos, mientras tenía la sensación de que se me estaba escapando algo. Pero me interrumpieron.
- Perdona –inglés pijo de bretón sonando ahuecado por culpa del casco de motorista- ¿Has acabado de leerlo? No quedan más en el quiosco...
- Claro, toma, todo tuyo.
Se lo alargué sin ánimos de estar más tiempo fuera y volví a la calidez del hotel. Suerte la mía, la japonesa, no se demoró mucho más en llegar.
Si tenía la más remota idea ficticia de su aspecto, creada lógicamente a partir de su comportamiento y de las conversaciones que hacía un par de años que teníamos, se desmoronó e implosionó en si misma mil veces.
- ¡Hey! ¡Qué alta eres!
Me tragué el “no, que baja eres tu” al encontrarme delante de lo que parecía una adolescente adorable vestidita como una pop-idol nipona. Supuse que, o me estaba dejando llevar por los clichés, o Japón entero estaba formado de clichés.
La saludé evitando preguntarme de donde había salido tal espécimen y recordando que, al fin y al cabo,Azumi Ito era el peligro del Ciberespacio, y mi llave al preciado tesoro.
En poco más de media hora ya se había instalado totalmente, resultaba extraño verla teclear y mover cables entre las mesas susurrando para sí misma, me senté en una silla para vigilarla mientras los demás se tomaban un descanso.
- Y, exactamente, ¿Qué es lo que tengo que hacer?
- Entrar en la base de datos.
- ¿Para qué?
- Para extraer información.
- ¿Qué clase de información?
- Confidencial.
- ¿Cómo de confidencial?
Podría haber visto mi cara de fastidio si me hubiese mirado un solo segundo en toda la conversación –interrogatorio, más bien-, pero seguía con la cinta aislante en una mano y los alicantes en la otra, arreglando vete-tu-a-saber-que.
- Lo suficiente como para que tengas problemas para extraerla.
- Yo puedo llegar a cualquier lugar –ahora si se incorporó para mirarme con el ceño fruncido- y derrumbar cualquier barrera.
Sonreí de medio lado al descubrir ese orgullo que nace de la genialidad y que, muchas veces, es el que convierte en genio al propio genio.
- ¿Todas las barreras?
- Todas y cada una –se arregló los pantalones negros, sacudiéndoselos de pelusas-, apuesto a que puedo entrar ahí dentro incluso sin utilizar mis habilidades.
- Yo también puedo lanzar una piedra al aire y te aseguro de que permanecerá suspendida al menos una milésima se segundo pero necesito de algo más para que aguante horas. No quiero una milésima, quiero que extraigas todo.
Abrió sus rasgados ojos negros sentándose en la silla de oficina que esperaba frente a las múltiples pantallas de metacrilato.
- ¿Levitación...?
- No. Te va a costar descubrirlo –sonreí. Azumi tenía el extraño hobby de intentar descubrir mi don. Evidentemente era mucho más divertido no decírselo. Y seguro.
- Algún día, algún día,...
Se enfundó los guantes de pulsaciones y se puso a trabajar para acomodarse al lugar.
La dejé sola en la habitación, de todos modos parecía estar en su propio mundo y no tenía más que decirle. Pensé en enviarle un mail a mi padre. Seguía sin saber de su paradero, y sabía que no debía preguntarle por él, así que me limité a escribirle un par de líneas sin demasiado contenido y a quedarme mirando la pantalla del portátil como si fuera idiota.
El reloj del hotel marcaba las dos y dieciséis de la mañana cuando una inesperada ventana se abrió en mi navegador, obra de la tecnopatía de Azumi, avisándome de que todo estaba a punto. Molestaba pensar que alguien era capaz de entrar con tanta facilidad en un lugar tan privado como tu ordenador.
Cuando todo el equipo entró en la habitación grande, la japonesa estaba ingiriendo sus preciadas pastillas de cafeína sin necesidad de un vaso de agua para hacerlas pasar.
- ¿Qué necesitas? –habló tranquilamente, aunque sus manos se movían a gran velocidad sobre las pantallas.
- Necesito los informes sobre población afectada por polimorfismos*. Extráela y bórrala.
Al principio pareció utilizar simplemente sus funciones normalmente humanas –aunque su conocimiento del tema era excepcional-, pero tras veinte minutos desistió con un suspiro de exasperación. Entonces pasó a exprimir su don de forma silenciosa, fijando sus ojos abiertos en las luminosas pantallas, con sus manos enguantadas a escasos centímetros de la maquinaria. El silencio sólo se vio roto por un susurro de mi tío Ryan y la contestación de uno de los operarios:
- ¿No hay peligro de sobrecarga?
- Hay una probabilidad entre millones, sin olvidar con quien estamos tratando...
Intercambiaron sonrisas y todo empezó a suceder muy rápido. Azumi se tensó sobre la silla, el sonido de ventiladores a toda velocidad me ensordeció durante los cortos minutos en los que todo sucedió. Las pantallas se quemaron al contacto de las manos de la tecnópata, igual que los guantes y supuse que sus propios dedos. La potencia eléctrica de todo el edificio rebasó sus limites, las bombillas explotaron llenándonos de cristales. Si no hacíamos algo rápido, se perdería cualquier tipo de información que se pudiera haber extraído.
Nos levantamos corriendo, mientras intentaban arrancar los cables al rojo vivo me lancé sobre la japonesa, intentando separar la conexión, intentando que no se quemasen los discos duros. Y como medaría cuenta más adelante, donde la humanidad se quedaba corta, lo extraordinario conseguía vencer las barreras de la incapacidad. La atraje con toda la fuerza que me era posible, agobiada por el olor a quemado y el humo que desprendían las máquinas. Me obligué a concentrar todas mis fuerzas en mi capacidad de atracción... Azumi Ito me golpeó con todo su peso y parte de mi fuerza en pleno pecho, lanzándonos a ambas un par de metros atrás. La paz y el silencio volvieron a la habitación del hotel.
- ¿¡Estáis bien?! –tosí intentando recuperar el aliento poco a poco, frotándome el esternón y rogando interiormente que no me lo hubiese astillado.
- ¿Qué tal la información?
- Creo que hemos podido salvar algo.
- ...Bien.
Me dejé caer hacia atrás, derrotada.

...
* De lo que estaríamos hablado respecto a creación de “poderes” en humanos se basa en esto:
“Mutaciones de ganancia de función

Cuando ocurre un cambio en el ADN, lo más normal es que corrompa algún proceso normal del ser vivo. Sin embargo, existen raras ocasiones donde una mutación puede producir una nueva función al gen, generando un fenotipo nuevo. Si ese gen mantiene la función original, o si se trata de un gen duplicado, puede dar lugar a un primer paso en la evolución.”
[...]
“Las mutaciones pueden considerarse patológicas o anormales, mientras que los polimorfismos son variaciones normales en la secuencia del ADN entre unos individuos a otros y que superan el uno por ciento en la población, por lo que no puede considerarse patológico. La mayoría de los polimorfismos proceden de mutaciones silentes y de recombinaciones genéticas.”

Información extraída de Wikipedia.

7:25 p.m. - 2007-12-09

*** ***

Era mi tercer día en las afueras de la ciudad. Apunté “28 de Diciembre del 2007” en una libreta cutre que había traído conmigo, seguido de “Sin novedades”.
El panorama había cambiado significativamente, pero como aquel que dice, estábamos en las mismas. Gracias a la actividad en la concurrida zona, vendedores ambulantes habían montado sus chiringuitos y habían traído con ellos un bien preciado que salía realmente caro: agua y comida. También se había extremado la seguridad del lugar y, pronto, los lunáticos con cascos de papel de aluminio que entonaban cánticos siniestros para los extraterrestres se vieron fuera del lugar, amablemente acompañados por los militares. Los que aun teníamos cierto permiso para permanecer en el perímetro de Estocolmo –familiares, afectados y periodistas-, habíamos sido también desplazados ya que la fortaleza de vayas y alambre de espino se había ensanchado considerablemente, además de reforzarse, aquello ya no era un cuchitril montado a ultima hora como el día en el que había llegado. Así, se había terminado el caos de los primeros días y ahora me era aun más difícil intentar conseguir algo de información suculenta, aun menos una foto decente, mi cámara parecía tener un imán atrae-gilipollas-militares porque cada vez que la sacaba tenía a uno encima gritándome en ingles que ni me atreviese. Y digo cámara, en singular, porque la segunda que solía llevar conmigo había sido “requisada” y suponía que ahora ya estaba hecha añicos en cualquier cuneta polvorienta.
Sólo la noticia de las pequeñas habitaciones prefabricadas que se estaban construyendo para apartarnos un poco más de la zona me reconfortaba. No eran tan idiotas como para no dejar que los medios de comunicación y los afectados escuchasen algunas de sus palabras políticamente correctas y reconfortantes. Desafortunadamente sí habían demasiadas personas que necesitaban el confort y el descanso mental y sentimental que les proporcionaban para acallar sus preguntas exigentes que carecían de respuestas.
Abrí la “cola” que me había traído Shin en uno de sus viajes por la zona y me la bebí tirado en el capó del coche, Barry White en la radio, sumido en mis propias indagaciones sobre fraudes gubernamentales. Estaba realmente confundido. Sentía ganas de coger el primer avión que aterrizase para volver a casa cada diez minutos, pero evidentemente no podía. Primero porque mi curiosidad podía más que mi cobardía, segundo porque el jefe me había dicho a voces, entre los cortes de la casi nula cobertura –parecía mentira que a estas alturas aun hubiesen lugares del mundo asiladas de la comunicación moderna- que ni se me ocurriese sacar los ojos de la ciudad. Y eso hacía. El coche estaba aparcado mirando hacia la ahora más lejana ciudad, en su extraño marco de polvo. Intranquilidad era lo único que podía sentir al observar el horizonte.
Una mancha marrón saltó sobre mí sin previo aviso, y solté un grito que se debió escuchar en kilómetros a la redonda. Un perrazo se me había tirado encima, salido de vete-tu-a-saber-donde, meneando la cola alegremente. Tenía la sensación de que se estaba cachondeando de mí al soltar un ladrido de júbilo, justo antes de que el capó del coche chascara y se hundiese bajo nuestro peso.
- ¡Mira lo que has hecho..!-lo empujé fuera-. No me pongas esa cara, soy yo quien va a acabar pagando el estropicio.
El perro bajó la cabeza, sumiso, escondiendo las orejas, con ese retorcido lenguaje que es el chantaje emocional. Y si había algo contra lo que no podía luchar era contra la cara de pena que me estaba poniendo el endiablado perro. Se parecía al mío, al menos cuando era joven, aunque no creía que fuesen de la misma raza, a decir verdad nunca había entendido de perros, lo único que sabía es que al viejo Houdini le gustaba que le rascaran bajo el morro, así que eso hice.
- ¿No tienes collar? –el perro entrecerró los ojos, al parecer mi técnica no era tan mala.- Estás demasiado limpio como para estar perdido.
Evidentemente no me contestó. Y visto que Shin volvería en poco y que estaba seguro de que en cuanto apartase la mano del pelaje del animal o saldría corriendo, o volvería a destrozarme el coche, agarré la cámara del asiento del copiloto, sin dejar de rascarle, y le enfoqué. Maldije por no haberme dado cuenta de que estábamos a contraluz, no tuve más remedio que quitarme los guantes con los dientes y chasquear los dedos a la par que sacaba la foto. Apareció inmediatamente en la pantalla digital de la cámara. Sonreí de medio lado.
- Muy bien, chico. Tienes una gran carrera como modelo por delante.
Se limitó a babear.
- ¡UN PERRO! -Shin apareció de la nada espantando al animal, que salió corriendo entre sus piernas, y se perdió entre las caravanas y las tiendas de campaña que descansaban en la llanura. El coreano le vio irse sin poder hacer nada por detenerlo, con el periódico de la mañana en la mano.

10:32 p.m. - 2007-11-24

*** ***

Había conseguido que Helene se arreglara. Llevaba el cabello recogido bajo un pañuelo y un jersey de lana que la hacia parecer algo menos demacrada. Sabia que no podía ni plantearle lo de ducharse. De todos modos ahora daba la impresión de ser solo una persona enferma.
-¿Tienes los billetes?- me susurró después de pasar los controles. Se los mostré mientras los metía en el bolsillo de mi camisa gris.- Cuantas horas de vuelo…
-Muchas- di un suspiro. Contando el estado mental de ella, rezaba para que no le diera por hacer ninguna gilipollez- no se cuantas…pero hay que cruzar un buen trecho de agua y tierra.- Ya no dijo nada mas hasta que despegamos, y fue solo una frase: “voy a baño”. La seguí con la mirada…no seria tan estúpida…

El avión se movía mucho. Sentía el miedo de alguien en el aire. Busqué con la mirada. Un chico con gafas de pasta que leía un par de filas por delante de mí en el otro pasillo.
- ¿Desea algo de comer?- las bonitas azafatas con sus bandejas.
- ¿Tienen te con limón?
Y ella volvió, tras pasar por la zona de turbulencias, y se sentó a mi lado sin decir nada, con gesto bobo. Estaba drogada. Examine su ropa de reojo. Probablemente había usado el imperdible que le sujetaba el pañuelo. Suspire hondo mirando el reloj. Aun quedaba demasiadas horas para que estuviera así. Un sudor frió me empapaba el pelo y lo pegaba a mi frente. Menuda mierda.

********************************

No habíamos podido ir a Estocolmo porque toda esa zona se encontraba en cuarentena, de modo que aterrizamos en el aeropuerto operativo más cercano que había sido capaz de encontrar. Aun así, teníamos otras 7 horas de viaje por tierra para quedarnos todo lo cerca que podían dejarnos las carreteras.
Tenía gracia. Todo el mundo saliendo de allí por patas, y nosotros derechitos y sin chistar. Lo que sabía con certeza era que si no fuera por la mierda de mis poderes, allí iba a estar yo. Y una porra.
Conseguimos que nos llevaran de autostop hasta un pueblecito cerca de la destrozada ciudad.
El ambiente era pesado. Miles de emociones se mezclaban en el aire. Sentí una arcada.
- ¿Te encuentras bien? Estas blanco- me miro preocupada. Negué con la cabeza. Habría vomitado si tuviera algo que vomitar.- Busquemos un bar.
Entramos en lo primero que encontramos y pidió agua fría mientras yo me sentaba.
Era un bar casi tan destartalado como la ciudad. Apenas había seis tíos que nos miraban con desconfianza.
-No son ustedes de aquí- murmuró el barman. Nos miramos. Su acento era demasiado fuerte.- jamás les había visto…Tal hi como están las cosas, el bar esta cerrado.
-Ellos bebían- hice un gesto a Helene para que se callase, pero ella nunca supo interpretar mis gestos.
-Mire, señorita, la ciudad esta reventada aquí al lado. Llevamos 4 días viendo pasar cadáveres, ambulancias, periodistas y tarados. Si yo digo que el bar esta cerrado, bueno pues… lo esta.
-Mi amigo solo quiere un poco de agua.
-Helene, vámonos- sabia que ella no se iría.
-No, Allen, solo queremos agua- lo notaba. Podía sentirlo. Me martilleaba la cabeza y me daba mas ganas de vomitar.- Se lo he pedido por favor
-Por última vez, lárguense o les echo a patadas- fue como un golpe. Vomité bilis.
-Joder, estos dos están colgados- la voz de otro de los hombres, la desconfianza… todo hacia que me sintiera mal. Lo único que lograba discernir era la voz de Jonny Cash como un eco lejano.
Uno de ellos quiso cogerme para sacarme del local. Me revolví con todas mis fuerzas y chillé, pero no se oyó nada. Me quedé helado, al igual que el hombre que me cogía. Al igual que todos. Helene se había quedado en el centro de la habitación, boqueando como un pez. Un agudo pitido nacía de ella. Un sonido que lo tapaba todo. Su poder había vuelto a descontrolarse.
Uno de los hombres la golpeo desde atrás, y el pitido ceso. Todo volvió a la normalidad.
Gritos que no entendía. No era nada bueno. Quise cogerla pero algo me tiró al suelo. Traté de explicar que nosotros éramos normales, pero nadie me escuchó.
Sentía los golpes pero no podía defenderme, creo que perdí el conocimiento y al despertar ya no estábamos en el bar. En mi mejilla se clavaban piedras de asfalto roto. Reconocí la ciudad aun sin haberla visto nunca. Me medio incorpore buscando a Helene. Estaba a pocos pasos de mí, con los ojos muy abiertos mirando el cielo. Me puse en pie cojeando y la mire sin acercarme. Tras su cabeza, un charco de sangre.
Vomité.

4:57 p.m. - 2007-11-11

*** ***

Llegamos al atardecer. El lugar estaba extremadamente vigilado, como era de esperar, pero no tan lleno como hubiera querido. Muchos de los presentes fingían una seguridad y confianza que sus pensamientos revelaban como inciertas. Se preguntaban si volvería a pasar ahí, si las medidas eran suficientes, si iba a aparecer algún monstruo e iba a hacer estallar todo aquello, o iba a torturarles lentamente. También podía oír aquellos que, para acallar la pena y la impaciencia, utilizaban la rabia y el odio. Ni siquiera hacía falta leerle los pensamientos, sus gruñidos por lo bajo y sus expresiones lo dejaban bien claro.
Nerón parecía ajeno a todo, sin importarle los llantos de aquellos que volvían del control, donde les habían prohibido el paso. Tampoco me importaba demasiado a mí, pero me incomodaba. Decidí buscar un lugar mínimamente apartado de todo aquello para dar descanso a mi cabeza y a mi misma.
Me comí tranquilamente una pieza de fruta que había guardado al lado de mi asiento, pensando cual sería mi próximo movimiento. Aunque el ambiente en general me asqueaba, si quería saber quien estaba ahí y cuales eran sus intenciones tendría que moverme entre ellos, y así decidí hacerlo; Dejando a Nerón a cargo del coche, desaparecí de ahí para mezclarme con el entorno.

* * *

Cuando volví al lugar donde habíamos aparcado, mi compañero de viaje estaba sentado en uno de los asientos de atrás, con la puerta abierta, los pies fuera del coche y, por supuesto, un cigarrillo entre los labios. Al pasar por su lado, se pasó la mano por el cabello de esa manera tan suya, y soltó un “Bienvenida, pecas” entre dientes, al que contesté con un movimiento de cabeza. Saqué un par de bocadillos que había preparado esa misma mañana, con el consiguiente par de cervezas, aun frías gracias a la nevera portátil, y le ofrecí uno de cada a Nerón.

- En el coche no se come.- me miró y dio un bocado, seguido de otro y otro más.- Oh, ya veo, eres un rebelde sin causa.
- En realidad tengo muchas causas.
- Fastidiarme seguro que esta entre ellas.

Parecía pensárselo durante apenas tres segundos, pero sólo sonrió y siguió comiendo, mirando hacia la oculta ciudad en ruinas. Suspiré, desenvolví mi comida, me apoyé en el coche y seguí su ejemplo.
No hablamos durante un rato, los dos mirando hacia la misma dirección, aunque terminé observando como se oscurecía el cielo. Mis pensamientos vagaban de un tema a otro, de la cantidad de humanos que había ahí y de la cantidad de humanos con poderes que, si no estaban presentes en ese momento, dentro de pocos días seguro que aparecían. Lo esperaba con ganas. De hecho, esperaba con ganas cualquier tipo de acción. Casi la necesitaba.
Mientras guardaba la bola de papel en el chaleco azul, caí en la cuenta de que desconocía los motivos por los cuales Nerón estaba ahí. ¿Creía que podía sacar provecho de la situación? ¿Tenía poderes? ¿No los tenía pero sentía curiosidad? ¿O tal vez quería terminar con aquellos capaces de hacer semejante destroza? Estaba segura de que si le preguntaba, no iba a obtener la respuesta, o no la verdadera, así que me limité a seguir guardando silencio y meterme en su cabeza. Para mi decepción, no estaba pensando en nada que pudiera servirme de ayuda; una canción antigua, recuerdos de su última misión, retazos de conversaciones, imágenes del paisaje que nos había envuelto mientras llegábamos, y pensamientos que, pronunciados en voz alta, tal vez me hubieran ruborizado. Lo mismo de siempre, Nerón Dylan nunca pensaba en nada relevante cuando estaba lo suficientemente cerca como para escudriñar su cerebro.

Cuando el cigarrillo del rubiales se consumió, lo que equivalía a quedarnos sin ningún tipo de luz alrededor, decidí que era hora de acostarse. Desconocía si eran las diez, las doce o las dos de la mañana, pero después de conducir durante todo el día, mi cuerpo estaba a punto de decir basta.
Al verme con un par de mantas que había sacado del maletero, Dylan me arrancó una de las manas y se hecho hacia atrás.

- Tú duerme en el suelo, yo en los asientos.
- Es mi coche, decido yo.
- Seguro que lo has alquilado.
- Con mi dinero.
- Lo tuyo es mío, pecas.- sonrió, estirándose cuan largo era.
- Había olvidado ese pequeño detalle.- refunfuñé por lo bajo.- De todos modos, no voy a dormir en el suelo.
- ¿No vas a hacerme compañía?
- No me gustaría perturbar tus dulces sueños.
- Te arrepentirás.- pude ver su media sonrisa por el retrovisor, ya instalada en el asiento del copiloto. Me eché la manta por encima.
- El que te arrepentirás serás tú si te coge una rampa por estar tan cómodamente estirado.
- Ya te pediré ayuda.
- Claro, claro.- ignoré completamente su tono sugerente, pues ya había cerrado los ojos y el cansancio parecía ser lo único que podía sentir. Todo pesaba diez veces más de lo habitual y cansaba el doble, así que no estaba para devolverle una respuesta decente.

Su voz me seguía llegando, algo atenuada. Tal vez eran sus pensamientos. Fuera lo que fuera, no lograba entenderlo, pese a que le murmuraba algo como respuesta de vez en cuando. Noté como la cabeza me caía hacia delante y como volvía a su sitio. Murmuré un “Gracias, Nerón”, más o menos entendible, y no volví a ser consciente de nada más.

1:15 a.m. - 2007-11-03

*** ***

Douce nuit, sainte nuit, au ciel pur, l'astre luit…*

Oh, quand j'entends sonner au ciel, l'heure ou le bon vieillard descend…**

Nunca había sido demasiado fan de los Noels***, pero tenerlos como música de fondo mientras mis padres hablaban sobre el que ya comenzaban a llamar Holocausto de Estocolmo me parecía excesivo. Pero su amor por la Navidad no conocía límites, a diferencia del mío.

- Seguro que hay una explicación racional para eso. –sentenció mi padre pinchando con demasiada fuerza un trozo de pavo. El chirrido del tenedor al clavarse en el plato flotó en el aire durante unos segundos antes de desvanecerse, contribuyendo a aumentar mi ya considerable dolor de cabeza.- No me trago ese vídeo del chico levantando toda la ciudad. Es una maniobra de los medios de comunicación, apuesto por ello.
- Seguro que sí, querido. –mi madre inclinó la cabeza sumisamente. No debía tener muchas ganas de discutir, porque normalmente hubiera entrado al trapo con un centelleo en la mirada y una sonrisa maliciosa.-
- O puede que hayan sido los extraterrestres… -dije en tono soñador, dando un sorbo al champagne de mi copa. La mitad de mi pintalabios rouge a lo Marilyn se quedó en el cristal.- O tal vez sea cierto, quién sabe.

La mirada fulminante de mi padre no se hizo esperar. Limpiándose los labios con la servilleta del regazo, dio un puñetazo a la mesa que hizo vibrar platos y copas y se lanzó a un monólogo bastante sin sentido, a decir verdad.

- ¿Qué te he enseñado? ¿He invertido veintipico años de mi vida en ti para que me salgas con ese ‘puede que hayan sido los extraterrestres’? –la vena de su cuello empezaba a hincharse peligrosamente. Mala señal. Yo sólo lo había dicho para provocarlo, pero no debería haberlo hecho, me dijeron mis sienes entre punzada y punzada.- ¡La razón es el único dios al que hay que adorar! Hacer conjeturas, encontrar pruebas, presentar teorías y demostrarlas, -de pronto me sentí como en el tribunal, cuando todavía iba a ver sus respectivos juicios- ¡esa es la única religión que hay que seguir!
- Claro que sí, querido, -la voz de mi madre sonaba delicada, como si fuera a quebrarse de un momento a otro- en ningún momento Françoise ha dicho que eso no sea cierto.
- Papá, -volví a tomar otro sorbo de champagne- tú no has invertido veintipico años de tu vida en mí. Diecisiete, y gracias.
- ¡Eso no hubiera sucedido si no te hubieras largado de casa!
- ¡Y eso no hubiera sucedido si te hubieras preocupado un poco más por mí!

Ya estaba. Con ese último grito, había roto toda la atmósfera navideña de la casa de mis padres, como me reprochó ella con una mirada húmeda desde el asiento de enfrente. Y me daba igual.

Desde que me marché de casa, al acabar el bachiller, sólo les veía un par de veces al año. En Semana Santa, en Navidad y, con un poco de suerte, en mi cumpleaños, si la condición de errante a la que parecía condenada de por vida me lo permitía. Esos encuentros eran, en su mayoría, incómodos y tirantes, la tensión existente entre ambas partes casi podía mascarse, por lo que no se prolongaban demasiado, algo que yo agradecía diariamente.

- ¿De qué hablas?
- Sabes perfectamente de lo que hablo. –solté en tono hosco, llevándome un pedazo de pavo a la boca.-
- ¿Te refieres a esas chorradas sobre fantasmas que no hacías más que repetir?

No contesté, me limité a apretar los labios y centrar mi atención en el plato, que aún estaba a rebosar. Por el rabillo del ojo vi cómo mi madre le apretaba el brazo, indicándole que lo dejase ya.

A mi padre nunca se le había dado bien callarse, ni dentro del tribunal ni fuera de él, pero esta vez lo hizo.

Decidido: según terminara la cena, que se preveía bastante breve dado el clima de discordia ahora reinante, subiría al despacho de mi padre, encendería el ordenador y reservaría vía online un billete para el aeropuerto más cercano a Estocolmo (Oslo, creía). Para el día siguiente.


=OUT=
Ale, nueva chara presentada :]
*El equivalente a ‘Noche de paz’
**‘Blanca navidad’
***‘villancicos’

6:18 p.m. - 2007-09-21

*** ***

Aquella mañana hacia un frío de mil demonios.
La gente recorría las aceras afanándose en sus compras. El mercado parecía un hormiguero.
Pase entre la gente, dejándola atrás, con un bollo de chocolate que me había comprado un par de calles mas abajo. Estaba en una de las zonas más destartaladas de Brooklin, y ahora, tal vez el edificio más destartalado de la ciudad aparecía ante mí. Ya nadie decente iba por allí. Solo putas y sus clientes, yonkis, camellos, y todo aquel que necesitaba encontrar algo turbio.
Yo ya no se ni en que categoría me incluía, tal vez en todas.
Atravesé la puerta, reventada tal vez por la policía tal vez por los insurrectos años atrás y avance entre la penumbra.
Un leve zumbido en la cabeza se convirtió en un doloroso pitido de algo más de tres segundos. Después, nada.
Podía oírme a mi mismo avanzar. Mis pasos sonaban exageradamente fuertes y cavernosos. Mi respiración golpeaba las paredes y volvía a mí.
No me atreví a hablar porque conocía las consecuencias.
Cuando a tu alrededor no existe el sonido es cuando puedes oírlo todo. Tus intestinos esforzándose por digerir un bollo, la sangre entrando en tu corazón, aquel extraño chirrido como un ratoncito royendo cristal que tarde meses en descubrir que era el sonido de las uñas al crecer, el quejido viscoso que emiten tus ojos al parpadear. Había oído acerca de casos en los que un ser humano había llegado a volverse loco encerrado en una cámara de aislamiento total. A mí nunca me había afectado. Tal vez porque ya lo estaba.
La puerta de la habitación no se abría. Tuve que dar un par de golpes con el hombro para desatrancarla.
Sabía que era así. Siempre había sido así. Era como entrar en la habitación en la que vivía el mismo dios del silencio, y el mero hecho de que sus poderes estuvieran fuera de todo control me indicaba que “ella” estaba drogada.
Pese a ser un edificio de techos altos la habitación olía mal. Latas vacías, restos de comida, CD’s de jazz, ropa sucia lo invadían todo.
-Helene- desde el suelo ella giro la cabeza, con los ojos entornados hacia mi susurro, que ni siquiera había sonado. Su poder lo anulaba todo.
Sonrió, cerró los ojos, y el sonido de la calle volvió a mí.
-Vaya, cabrón…volviste.
-Supongo que ya has oído lo que ha pasado. No deberías usar tus poderes.- Rió y trato de incorporarse. Pero no pudo.
-El ruido de la calle me molestaba,…me molestaba- dijo eso ultimo mas de diez veces, mirando fijamente al techo, pero a mi no me importaba. Tenía una voz extraña. La voz de quien comprende el silencio y puede crear sonidos que estén por encima de este. La voz más hermosa del mundo.
Aparto un mechón de cabello pelirrojo mientras me ofrecía una jeringa. Negué con la cabeza. Ella era una verdadera drogadicta, y el hecho de verla era lo que impedía que yo siguiera ese camino.
Se miro el brazo y clavo la aguja. Ni siquiera necesitaba goma. Tenía el codo tan reventado que podría haberse colocado solo dejando caer la droga por encima.
Pero pese a su delgadez que a casi rozaba la anorexia, su cabello enredado y su actitud ausente, yo seguía amándola.
Habíamos salido juntos hacia unos años. Cantaba en un club al que yo asistía…la voz más hermosa del mundo.
Después mis poderes fueron a más, y ella descubrió los suyos. El poder de anular el sonido, que no es tan genial como al principio pueda parecer, porque el silencio puede llegar a ser lo más aterrador del mundo. Y cuando pasas días, semanas, sin oír nada más que el sonido de tus vísceras, el chirriar de tus huesos al moverte, la electricidad de tu sistema nervioso el miedo puede hacer que se te vaya la cabeza, y necesitas droga. La necesitas. Yo lo sabía. Habíamos empezado juntos. Después, el miedo de ella se hizo tan grande, que deje de poder tocarla siquiera. Me hacia demasiado daño. Y esa era nuestra gran relación. Supongo que, desde fuera dábamos un poco de miedo.
-Tengo dos billetes para Europa. Quiero que vengas conmigo.
-Para que?- tenia que hablar rápido, dentro de poco se “iría” del todo.
-Sabíamos que había otros como nosotros…

3:30 p.m. - 2007-09-19

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